martes, 13 de octubre de 2015
EN EL FINAL Y EL PRINCIPIO DE LOS DÍAS
Leyenda Prehispánica.
Autor: Desconocido; se atribuye al Dios "Quetzalcoatl"
Los antiguos moradores de esta tierra, nuestros antepasados
lo sabios toltecas, desarrollaron con precisión el calendario de las edades que
había de vivir el hombre en la tierra, y a través de los altos videntes
recibieron este relato que ahora les cuento y que hasta hace muy poco era un
secreto celosamente guardado por la tradición. Está narrado en un viejísimo
códice escrito sobre, una lámina de oro que guarda un maestro venerable, y lo
relativo a la quinta edad del hombre está contenido en el muro de las
inscripciones de la ciudad maya de Palenque, que el mismo gran Quetzalcóatl
grabó.
En el principio de los días, cuando el señor Ometeotl, el
Dios Creador, decidió hacer este universo, forjó también una ley universal por
la cual todos los cuerpos celestes debían moverse por las leyes de la Armonía
Universal. El universo así creado debía regirse por el gran principio de
Tzemana-huacayotl, y el Señor Ometeotl, al ver su obra, quedó satisfecho.
Pero como no quería que los universos fueran estáticos, de
su poderosa Unidad y Totalidad incomprensible e inaccesible para criaturas que
no fueran inmensamente evolucionadas y puras hizo nacer algunas emanaciones,
que se llamaron dioses por los seres inferiores que ellos crearon, pero que
contaban como ellos con una chispa de la esencia del Dios Único y primario
Señor de Todo. Así nacieron los señores Huitzilopochtli, Tezcatlipoca,
Quetzalcóatl y los innumerables dioses del panteón tolteca mexica.
Transcurrieron las edades, y conforme a este alto principio
de Tzemanahuacayotl, la Armonía Universal, el universo se expansionó y se
contrajo de modo que muchas galaxias y muchos sistemas solares nacieron y murieron y volvieron a
nacer, siguiendo el mandato de esa ley maravillosa y suprema de la Armonía
Universal.
La Tierra, como un pequeño planeta, sometido a las mismas
influencias de la totalidad, también se vio abocada a varias destrucciones y a
sucesivas reconstrucciones en las cuales la raza humana cada vez iba siendo
superior.
Así fue y así será. La ley se ha mantenido incólume para el
universo y debe mantenerse así cuando culmine esta quinta edad, a la que le
faltan muy escasos años.
Llega el día del fin y del principio de los días. Llega el
día del gran cambio, donde las almas sabrán por fin recuperar el hilo del
destino, tras el largo proceso de la encarnación. Próximo está el día que
muchos han temido, cuando nada hay que temer, pues como somos criaturas del señor
Ometeotl, el Dios Creador, Él ha decidido para nosotros una forma de tránsito a
la siguiente edad que es sin duda la mejor y la más adecuada para nuestro crecimiento
y nuestra evolución.
Habrá signos en el aire y en la tierra; grandes prodigios
que harán que las presencias corpóreas de los humanos se vuelvan sutiles de la
noche a la mañana, y el temor cesará y nacerá la comprensión que nos
corresponde como seres que somos, eternos y emanados del Gran Poder del señor
Ometeotl, el Dios Creador, Creador y Señor de Vida que quiere darlos su eterna
Luz y su Paz y su Sabiduría en la medida que seamos capaces de sentirla de
vivirla y de aprenderla.
Seremos limpios como los cristales que el señor
Ometeotl, el Dios Creador, colocó en la tierra para que nunca perdiéramos la
sensación de nuestra pureza y transparencia, y libres como los aires que han surcado el planeta durante eones y luminosos como soles
que irradien su luz hacia rincones oscuros del universo; porque se acerca la
hora del final y del principio de los días; la hora de la magia verdadera donde
de nuevo seremos espíritus plenos que surquen las inmensidades estelares
cantando la gloria de nuestro Creador, liberados de ataduras mortales y
prisiones de carne por toda la eternidad, y entonces, y solo entonces, podremos
iniciar el larguísimo vuelo ilusionado y maravilloso, a través del universo
terrestre y de los otros seis universos creados concéntricos, hasta el lugar
donde mora el señor Ometeotl, el Dios Creador y Dador de Vida en el Paraíso
Central, el Centro Estático de donde emana todo el Movimiento y la Luz y la Paz
y el Amor y la Vida hacía todo y hacia todos los seres del universo.
Esta es la palabra
de la Luz; la Palabra de la Paz; la Palabra del Poder. No tema nadie su
tránsito porque el camino que tenemos ante nosotros es tan hermoso, tan fecundo
y tan grandioso que no encontraremos por
muchos millones de trillones de años que vivamos palabras para agradecer a el
señor Ometeotl, el Dios Creador, de los universos su bondad para con nosotros,
sus humildes criaturas, que nacimos de uno de sus maravillosos pensamientos y
que siempre intentaremos volver hacía Él, y ese viaje será el origen de la
mayor epopeya que hayan contemplado los tiempo.
Texto original: José Miguel Carrilo de Albornoz.
Libro: Relatos mágicos y leyendas de México
Adaptación: Adán JP.
Suscribirse a:
Comentarios
(Atom)
